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¿ángel?
Un rayito de sol dio en los ojos de Teófilo. A través de una pequeña hendija en el postigo de la ventanita. Era época veraniega y amanecía muy temprano. ¿Sería un buen augurio? ¿Sería la luz inspiradora que esperaba encontrar en las palabras de Fray Luis, ese monje veterano con fama de santidad y sabiduría?
- Tac, tac, tac...¡Alabado sea Jesucristo!
- ¡Alabado sea Jesucristo! Sí, Padre, ya voy…
- Nos encontramos dentro de una hora en el parque y salimos.
- Allí voy a estar. Muchas gracias.
Se incorporó de un salto. En diez minutos ya estaba listo para salir. Recorrió nerviosamente el corredor y atravesó el portal de rejas de hierro que daba al parque. El aire fresco de la mañana se le metió por todo el cuerpo como una sacudida de optimismo después de la tormenta producida en su alma por la rotura del espejo y las consiguientes misteriosas revelaciones. ¿Soy un ángel o nada más que algo muy parecido a mi Princesa de mis tiempos de niño?
Dio unos pasos y se quedó como clavado dejándose penetrar por el verdor total del pequeño parque y el refrescante aire matinal. Caminó lentamente bajo las añosas casuarinas y se detuvo junto al borde del sencillo estanque, junto al que tantas veces se había quedado en profundas meditaciones. Calma completa. Como en un cementerio. Precisamente en un rincón del parque había dos tumbas de monjes muertos en el monasterio. Allí estaban sus cuerpos. ¿Sus almas angélicas? ¿Habrían volado hacia algún extraño jardín? El agua cristalina y serena. Sin el más leve movimiento. Ninguna onda. Como un espejo perfecto.
- ¡Teófilo!
- Sí, Padre, ya voy.
- En dos minutos salimos.
- Voy hacia el portal.
Mientras lo aguardaba el superior, giró un momento aobre sí mismo y posó su mirada en el espejo del agua del estanque. Un verdadero espejo. Terso, suave, inmaculado...¡Ese sí que era un espejo! ¿Le devolvería la imagen que había estado buscando ansiosamente?
Antes de encaminarse
- ¡Sí! ¡Ese soy yo! ¡Por fin me encontré!
Volvió a mirar una y otra vez . No podía engañarse. Esa era la imagen , su verdadero yo, que había estado buscando desde que había entrado a la casa religiosa, a la Casa de Dios...Un ser totalmente espiritual, un ángel puro y transparente, sin sombra de mal... Quedó un instante como en un éxtasis...
¡Crac! ¡Crac! ¡Crac! ¡Crash! Una pequeña rama se desprendió de una casuarina y cayó sobre la superficie del agua turbando su tranquilidad y haciendo añicos la imagen del ángel...
- ¡Ay! ¿Qué soy?
Otra ramita se desprende y aumenta la turbulencia del agua. ¡Crac! Nada más que eso...
¡Crac! ¡Crac! ¡Crac!
(Tomado de Vieja Alcancía, de Carlos Rafael Domínguez. Ed.Martin Mar del Plata, Argentina, 2008. )
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